Su propósito principal es contar la historia de la marca a través de la fábula escrita por Lorenza Forero.
Esta es la historia de Pinina, el colibrí, y Otello (Romero), el coyote. ¿Alguna vez se te había ocurrido que estas dos especies podrían estar juntas?
PININA & OTELLO
Esta es la historia de Pinina, el colibrí, y Otello (Romero), el coyote.
¿Alguna vez se te había ocurrido que estas dos especies podrían estar juntas? ¡Me
emociona contarte el inicio de esta historia!
En lo más profundo del bosque, un pequeño colibrí volaba con prisa. Sus colores,
alguna vez brillantes, ahora parecían apagados. Pinina, preocupada por encontrar
alimento, llevaba días sin la energía que solía tener.
Finalmente, tuvo que tomar una decisión: salir del territorio y romper sus propios
límites, adentrarse al bosque espeso que sus compañeros decían que era "peligroso".
Pinina era un colibrí ágil, independiente y autosuficiente; eso fue lo que aprendió, ya
que había sido constantemente apartada por otros colibríes. Esto pasaba porque le
tenían mucha envidia; sus colores brillantes y su carácter fuerte no eran bienvenidos
entre sus compañeros. Pinina aprendió a crecer sola pero esto la hizo mucho más
fuerte y a la vez muy fría.
Valiente, tomó la decisión de adentrarse al bosque. Un poco temerosa y rompiendo
con todos sus miedos, emprendió el viaje.
Mientras tanto, en el centro del bosque espeso, un coyote perdido daba vueltas en
una misma dirección buscando a su manada. Ahí estaba Otello, curioso y distraído,
quien, por perseguir el olor a quemado, pensando que era un volcán en erupción,
perdió de vista a su manada. Otello siempre tendía a estar inmerso en su propio
mundo. "Ay, pobre Otello, algún día iba a pasar", pensaba su familia. Un poco
frustrado, seguía dando vueltas para encontrar su camino. Ya habían pasado un par de
días y no lograba encontrar a sus compañeros.
Otello era un coyote muy hábil, capaz, ágil y astuto, pero se distraía con facilidad y esto
muchas veces le jugaba en su contra. Para su especie no era realmente un problema
estar solo, ya que tenía muy buenas habilidades para cazar y sobrevivir. Sin embargo,
había algo que sí era un problema para él: las tormentas. Le aturdían, por eso su
manada sabía cómo ayudarle en los momentos de parálisis.
En una de las trescientas cincuenta mil vueltas que ya había dado, la cola esponjosa de
Otello se quedó enredada en un arbusto. Mientras intentaba soltarla, escuchó el
agudo aleteo de algo que venía con mucha velocidad hacia el árbol. Sigiloso y
escondido, se quedó atento. Ahí venía Pinina, emocionada y veloz, a caer en plancha
sobre la cantidad de flores que había en el árbol. Entusiasmada, pero a la vez
hambrienta, pues llevaba muchos días con muy poco alimento, pasaba de flor en flor
saciándose con todas el polen del lugar.
Otello, siempre observador, notó cómo Pinina se movía con una velocidad increíble.
Sus colores, aunque apagados, aún mostraban destellos de lo que alguna vez fue un
colibrí vibrante.
"Interesante", pensó, "me pregunto qué está buscando en este lado del bosque".
Ella ni se percató que él estaba allí en su desesperación por comer. Cansada, cayó la
noche. Pinina finalmente entró en estado de torpor. Sabía que necesitaba reservarse
para el siguiente viaje, por ello quedó dormida en una rama muy cerca del suelo,
colgando.
Otello, que había estado todo el tiempo sigiloso, la observaba maravillado, pero al ver
que Pinina caía de un momento a otro, se asustó y la movió con su pata.
—¡Oh, por Dios! Este colibrí acaba de morir —pensó—. ¡Seguro se indigestó con la
cantidad de flores que comió!
Amorosamente, la bajó del árbol y, en muestra de compasión y respeto, la enrolló en
su cola para buscar cómo sepultarla.
Al día siguiente, Pinina se levantó de su estado de torpor, lejos de imaginar que
amanecería en una zona acolchada y peluda.
De inmediato entró en estado de shock y voló a la punta del árbol más cercano para
buscar protegerse.
—¿Qué intentas hacer? ¿Te estabas alistando para comerme? —dijo casi sin aliento.
Otello abrió los ojos soprendido, pero a la vez incómodo.
—¿Yo? No, no, simplemente intenté ayudarte porque pensé que habías muerto.
—¿Muerto? —respondió Pinina indignada (en su enojo se escondía el terror que le
producía la situación)—. ¿Acaso no sabes que los colibríes dormimos en un fuerte
letargo para recuperar energía?
Otello le respondió en tono conciliador:
—Discúlpame, colibrí. Solo intentaba proteger tu frágil y pequeño cuerpo.
Pinina lo miró desconfiada, sin embargo, algo en ella le dijo que el coyote decía la
verdad. No parecía ser un animal agresivo, por el contrario, se veía amigable. Sin
embargo, no podía dejar de desconfiar, nunca había aprendido a hacerlo.
En ese momento, Pinina alzó vuelo en búsqueda de la siguiente tanda de alimento.
Otello la siguió cuidadosamente durante su camino. Pinina encontró una zona con muy
poco alimento, frustrada siguió su camino sin saber que Otello iba tras ella.
En un momento encontró una zona con pocas flores, pero decidió quedarse allí porque
ya estaba muy cansada. Consumió el poco alimento que encontró y de nuevo entró en
torpor.
Otello observó que a Pinina necesitaba las flores. Durante el camino, había encontrado
una zona con muchos árboles que quizá en su afán ella nunca percibió. Así que, con
precisión, comenzó a recoger una muestra de las más brillantes para llevarlas y
acomodarlas cerca de ella.
Al pasar las horas, finalmente Pinina despertó y, sorprendida, miró para todos lados.
Se dio cuenta de que Otello, paciente, se encontraba allí mirándola fijamente. Ella,
desconcertada, le preguntó:
—¿De dónde has sacado estas flores?
Él, animado, le dijo:
—He estado observándote y veo que necesitas de las flores, por eso te traje muchas
para cuando despertaras.
Ella, aún muy confundida, le preguntó de nuevo:
—¿Me puedes llevar a donde conseguiste estas flores?
colgando.
Otello, que había estado todo el tiempo sigiloso, la observaba maravillado, pero al ver
que Pinina caía de un momento a otro, se asustó y la movió con su pata.
—¡Oh, por Dios! Este colibrí acaba de morir —pensó—. ¡Seguro se indigestó con la
cantidad de flores que comió!
Amorosamente, la bajó del árbol y, en muestra de compasión y respeto, la enrolló en
su cola para buscar cómo sepultarla.
Al día siguiente, Pinina se levantó de su estado de torpor, lejos de imaginar que
amanecería en una zona acolchada y peluda.
De inmediato entró en estado de shock y voló a la punta del árbol más cercano para
buscar protegerse.
—¿Qué intentas hacer? ¿Te estabas alistando para comerme? —dijo casi sin aliento.
Otello abrió los ojos soprendido, pero a la vez incómodo.
—¿Yo? No, no, simplemente intenté ayudarte porque pensé que habías muerto.
—¿Muerto? —respondió Pinina indignada (en su enojo se escondía el terror que le
producía la situación)—. ¿Acaso no sabes que los colibríes dormimos en un fuerte
letargo para recuperar energía?
Otello le respondió en tono conciliador:
—Discúlpame, colibrí. Solo intentaba proteger tu frágil y pequeño cuerpo.
Pinina lo miró desconfiada, sin embargo, algo en ella le dijo que el coyote decía la
verdad. No parecía ser un animal agresivo, por el contrario, se veía amigable. Sin
embargo, no podía dejar de desconfiar, nunca había aprendido a hacerlo.
En ese momento, Pinina alzó vuelo en búsqueda de la siguiente tanda de alimento.
Otello la siguió cuidadosamente durante su camino. Pinina encontró una zona con muy
poco alimento, frustrada siguió su camino sin saber que Otello iba tras ella.
En un momento encontró una zona con pocas flores, pero decidió quedarse allí porque
ya estaba muy cansada. Consumió el poco alimento que encontró y de nuevo entró en
torpor.
Otello observó que a Pinina necesitaba las flores. Durante el camino, había encontrado
una zona con muchos árboles que quizá en su afán ella nunca percibió. Así que, con
precisión, comenzó a recoger una muestra de las más brillantes para llevarlas y
acomodarlas cerca de ella.
Al pasar las horas, finalmente Pinina despertó y, sorprendida, miró para todos lados.
Se dio cuenta de que Otello, paciente, se encontraba allí mirándola fijamente. Ella,
desconcertada, le preguntó:
—¿De dónde has sacado estas flores?
Él, animado, le dijo:
—He estado observándote y veo que necesitas de las flores, por eso te traje muchas
para cuando despertaras.
Ella, aún muy confundida, le preguntó de nuevo:
—¿Me puedes llevar a donde conseguiste estas flores?
Él de inmediato la invitó a que lo siguiera. Pinina se quedó asombrada al ver la
cantidad de árboles con todo tipo de flores y colores. De la emoción, olvidó a Otello.
Una noche, mientras Pinina estaba en uno de los árboles levantándose de su estado de
torpor, comenzaron a caer unas gotas y el olor a humedad era perceptible, que de a
poco se volvieron más grandes. Otello, enrollado en su cola, también fue despertado
por una de las gotas que cayó en su ojo. Al ver que cada vez se volvían más grandes, y
a pesar de su fortaleza, Otello comenzó a sentir el peso de la tormenta. Su pelaje se
empapaba rápidamente y el sonido de los truenos le revolvía el estómago. Era uno de
los pocos momentos en que su confianza tambaleaba.
Pinina notó la angustia en los ojos de Otello. El coyote, siempre tan firme, ahora
parecía pequeño bajo la tormenta. Recordando su bondad al protegerla aquella noche,
no dudó ni un segundo: alzó el vuelo con toda su energía para encontrar un refugio
seguro.
Rápidamente volvió a la zona colorida, pero ya no vio a Otello. Buscándolo
intensamente lo encontró escondido a la sombra de un árbol.
—Confía en mí, te llevaré a un lugar seguro, le dice.
Él con miedo en los ojos, levantó la cabeza y decidió seguirla. A medida que los rayos
caían, sentía cómo su corazón se aceleraba .
Pinina volaba con rapidez, y Otello confiado corría a su lado, esquivando los rayos , con
nervios tropezaba de vez en cuando.
Finalmente llegaron al refugio. Empapados y exhaustos, se miraron en silencio,
sabiendo que habían encontrado en el otro la fuerza para afrontar cualquier desafío.
Al día siguiente Pinina le hace una propuesta a Otello:
—He pensado en todo lo que ha pasado estos últimos días y he tomado una gran
decisión:
—¿En serio? —preguntó Otello, curioso.
—¡Te enseñaré a volar!
Otello se quedó en silencio, un poco asombrado, Le dijo:
—¿A volar?
—¡Sí! —le respondió ella entusiasmada—. Si aprendes a volar, podrás encontrar
rápidamente un refugio durante las tormentas que te paralizan y así podrás estar más
tranquilo en el bosque.
Otello, siempre realista, sabía que volar no era su don.
—No tengo alas —decía entre risas—, pero si tú crees que puedo aprender, lo
intentaré.
Así comenzó la primera lección de vuelo. Otello corría, saltaba y agitaba las patas, pero
siempre caía. Una y otra vez, Pinina intentaba explicar, pero ambos reían juntos .
Aún después de las caídas en las hojas que Pinina ponía para amortiguar los golpes, lo
seguían intentando y disfrutaban de su mutua compañía.
—Vamos, Otello, solo tienes que agitar las patas como yo —decía Pinina, volando en
círculos a su alrededor.
Otello corría y saltaba por el esfuerzo, jadeando.
cantidad de árboles con todo tipo de flores y colores. De la emoción, olvidó a Otello.
Una noche, mientras Pinina estaba en uno de los árboles levantándose de su estado de
torpor, comenzaron a caer unas gotas y el olor a humedad era perceptible, que de a
poco se volvieron más grandes. Otello, enrollado en su cola, también fue despertado
por una de las gotas que cayó en su ojo. Al ver que cada vez se volvían más grandes, y
a pesar de su fortaleza, Otello comenzó a sentir el peso de la tormenta. Su pelaje se
empapaba rápidamente y el sonido de los truenos le revolvía el estómago. Era uno de
los pocos momentos en que su confianza tambaleaba.
Pinina notó la angustia en los ojos de Otello. El coyote, siempre tan firme, ahora
parecía pequeño bajo la tormenta. Recordando su bondad al protegerla aquella noche,
no dudó ni un segundo: alzó el vuelo con toda su energía para encontrar un refugio
seguro.
Rápidamente volvió a la zona colorida, pero ya no vio a Otello. Buscándolo
intensamente lo encontró escondido a la sombra de un árbol.
—Confía en mí, te llevaré a un lugar seguro, le dice.
Él con miedo en los ojos, levantó la cabeza y decidió seguirla. A medida que los rayos
caían, sentía cómo su corazón se aceleraba .
Pinina volaba con rapidez, y Otello confiado corría a su lado, esquivando los rayos , con
nervios tropezaba de vez en cuando.
Finalmente llegaron al refugio. Empapados y exhaustos, se miraron en silencio,
sabiendo que habían encontrado en el otro la fuerza para afrontar cualquier desafío.
Al día siguiente Pinina le hace una propuesta a Otello:
—He pensado en todo lo que ha pasado estos últimos días y he tomado una gran
decisión:
—¿En serio? —preguntó Otello, curioso.
—¡Te enseñaré a volar!
Otello se quedó en silencio, un poco asombrado, Le dijo:
—¿A volar?
—¡Sí! —le respondió ella entusiasmada—. Si aprendes a volar, podrás encontrar
rápidamente un refugio durante las tormentas que te paralizan y así podrás estar más
tranquilo en el bosque.
Otello, siempre realista, sabía que volar no era su don.
—No tengo alas —decía entre risas—, pero si tú crees que puedo aprender, lo
intentaré.
Así comenzó la primera lección de vuelo. Otello corría, saltaba y agitaba las patas, pero
siempre caía. Una y otra vez, Pinina intentaba explicar, pero ambos reían juntos .
Aún después de las caídas en las hojas que Pinina ponía para amortiguar los golpes, lo
seguían intentando y disfrutaban de su mutua compañía.
—Vamos, Otello, solo tienes que agitar las patas como yo —decía Pinina, volando en
círculos a su alrededor.
Otello corría y saltaba por el esfuerzo, jadeando.
—Pero mis patas no... ¡no funcionan así! —dijo riendo.
Sin mucho éxito, cansados, Otello le sugirió que intentara con la siguiente lección:
aprender a caminar. Su intención era que ella pudiera sentir la conexión con la tierra
firme, y aunque no comprendía muy bien, dudosa aceptó el reto.
Lo intentaron una y otra vez al igual que la lección de vuelo, sin embargo, por más que
probaba poner sus patas frágiles en el suelo, solo podía pasar de un árbol a otro
volando y posándolas delicadamente. Definitivamente no funciona- pensaron los dos.
Sin mucho éxito, cansados, Otello le sugirió que intentara con la siguiente lección:
aprender a caminar. Su intención era que ella pudiera sentir la conexión con la tierra
firme, y aunque no comprendía muy bien, dudosa aceptó el reto.
Lo intentaron una y otra vez al igual que la lección de vuelo, sin embargo, por más que
probaba poner sus patas frágiles en el suelo, solo podía pasar de un árbol a otro
volando y posándolas delicadamente. Definitivamente no funciona- pensaron los dos.
Agotados y hambrientos , después de muchas horas, decidieron ir en búsqueda de
comida , Pinina seguía tomando el polen de las flores y algunos insectos que se
cruzaban en el camino. Por su lado Otello cazaba insectos más grandes y se saciaba
con frutillas que encontraba en el camino.
comida , Pinina seguía tomando el polen de las flores y algunos insectos que se
cruzaban en el camino. Por su lado Otello cazaba insectos más grandes y se saciaba
con frutillas que encontraba en el camino.
Pronto Pinina y Otello comenzaron a comprender la verdadera lección; sus propios
talentos los hacían especies únicas y cada uno de ellos era un valioso aporte al equipo,
entendieron que sus fortalezas individuales eran el motor y la ayuda en los momentos
de debilidad del otro. Incluso Pinina sintió que el encuentro con Otello podría ser su
primera oportunidad de experimentar lo que es confiar en alguien más.
Pinina todos días volaba más alto ,sus colores volvieron a brillar con la energía
recuperada, con su agilidad y ligereza se adelantaba indicando el camino desde el aire
y avisaba con anticipación la llegada de las tormentas, mientras, Otello corría con
firmeza, sabiendo que sus patas estaban hechas para la tierra, identificaba desde el
suelo las ventajas o peligros que ella no podía ver, teniendo la certeza que podía
sentirse tranquilo cuando viniera la tormenta, claro, a veces se distraía en el camino
pero Pinina siempre estaba ahí como una brújula recordándole su dirección.
Y así , bajo el cielo lleno de tormentas , naturalmente se fue desarrollando esta historia.
El colibrí y el coyote aprendieron que , aún cuando el cielo sopla fuerte , siempre pueden
encontrar refugio en la fuerza del otro, recordándonos que estar solos está bien, pero
DOS SIEMPRE SERÁN MEJOR QUE UNO.
talentos los hacían especies únicas y cada uno de ellos era un valioso aporte al equipo,
entendieron que sus fortalezas individuales eran el motor y la ayuda en los momentos
de debilidad del otro. Incluso Pinina sintió que el encuentro con Otello podría ser su
primera oportunidad de experimentar lo que es confiar en alguien más.
Pinina todos días volaba más alto ,sus colores volvieron a brillar con la energía
recuperada, con su agilidad y ligereza se adelantaba indicando el camino desde el aire
y avisaba con anticipación la llegada de las tormentas, mientras, Otello corría con
firmeza, sabiendo que sus patas estaban hechas para la tierra, identificaba desde el
suelo las ventajas o peligros que ella no podía ver, teniendo la certeza que podía
sentirse tranquilo cuando viniera la tormenta, claro, a veces se distraía en el camino
pero Pinina siempre estaba ahí como una brújula recordándole su dirección.
Y así , bajo el cielo lleno de tormentas , naturalmente se fue desarrollando esta historia.
El colibrí y el coyote aprendieron que , aún cuando el cielo sopla fuerte , siempre pueden
encontrar refugio en la fuerza del otro, recordándonos que estar solos está bien, pero
DOS SIEMPRE SERÁN MEJOR QUE UNO.
Autora: Lorena Forero.